La Paz Perpetua de Kant

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Kant introduce en la Teoría del Derecho una tercera dimensión, una innovación de gran trascendencia: junto al Derecho Estatal y al Derecho Internacional coloca el Derecho Cosmopolita. El orden republicano de un Estado constitucional democrático basado en los derechos humanos no sólo requiere un débil control de las relaciones entre los pueblos dominadas por las guerras. El orden jurídico en el interior de los Estados debe culminar en un orden jurídico global que congregue a los pueblos y elimine las guerras.

La idea de una Constitución en consonancia con los derechos naturales del hombre, (quienes obedecen la Ley, son al mismo tiempo legisladores) está en la base de todas las formas políticas, y la comunidad conforme a ella se le denomina Ideal Platónico, no es una vana quimera, sino la norma eterna para cualquier constitución civil en general, y aleja toda guerra.

La consecuencia resulta sorprendente: «aleja toda guerra». Se indica así que las normas del Derecho Internacional que regulan la Paz y la Guerra sólo deben valer transitoriamente, es decir, hasta que el pacifismo jurídico, al que Kant abre una senda con su escrito La Paz Perpetua, haya creado un orden cosmopolita y con ello se haya logrado la abolición de la guerra.

Naturalmente, Kant desarrolla esta idea con la terminología propia del Derecho racional y en el horizonte de experiencias de su tiempo. Ambas cosas nos separan de Kant. Con la arrogancia gratuita de los nacidos después sabemos hoy que la construcción propuesta adolece de dificultades conceptuales y ya no resulta apropiada para nuestras experiencias históricas.

Kant define de manera negativa el objetivo del pretendido Orden Legal entre los pueblos como eliminación de la guerra: No debe haber guerra, ha de concluir el infernal y desesperado hacer la guerra. Kant basa la deseabilidad de esa paz en los males producidos por aquella clase de guerra emprendida por los soberanos europeos de entonces con la ayuda de tropas mercenarias.

Entre esos males no menciona en primer lugar a las víctimas mortales, sino el «horror de la actividad violenta», las «devastaciones» y, sobre todo, los expolios y el empobrecimiento del país causado por las cuantiosas contribuciones de la guerra.

Asimismo, como posibles consecuencias de la Guerra, nombra el sometimiento, la pérdida de la libertad y la dominación extranjera. A eso se añade el embrutecimiento de las costumbres que sobreviene cuando los súbditos son instigados por el Gobierno a realizar acciones ilegales (por ejemplo, a convertirse en francotiradores o en asesinos), a espiar, a propagar falsas noticias o a disimular.

La terminación de una guerra como tal, define el estado de paz. Del mismo modo que un determinado tratado de paz termina con el mal de una única guerra, así ahora una asociación de paz debe eliminar «toda guerra para siempre» y el mal de la guerra como tal. Este es el significado de la Paz Perpetua. La paz está tan limitada como la guerra misma.

Kant pensaba en conflictos limitados espacialmente entre Estados individuales y alianzas, todavía no en guerras étnicas y civiles. Pensaba en conflictos entre gabinetes y Estados, todavía no en guerras civiles. Pensaba en guerras limitadas técnicamente, que permitían diferenciar entre tropas combatientes y población civil, todavía no en luchas de partisanos y en el terror de las bombas. Pensaba en guerras con objetivos limitados políticamente, todavía no en guerras de aniquilación y expulsión motivadas ideológicamente.

Bajo las premisas de la Guerra limitada, las normas del Derecho Internacional se refieren a la dirección de la guerra y a la regulación de la paz. El derecho «a la guerra», antepuesto al derecho «en la guerra» y al derecho «después de la guerra», el así denominado ius ad bellum, no es estrictamente un derecho, porque sólo es expresión del libre arbitrio que corresponde a los sujetos del derecho internacional en el estado de naturaleza, esto es, en la situación anómica de las relaciones entre ellos.

Las únicas leyes penales —incluso aunque sólo sean ejecutadas por los tribunales de los Estados en conflicto— que intervienen en esa situación anómica se refieren a la conducta en la guerra. Los crímenes de guerra son crímenes perpetrados en la guerra. Sólo la limitación de la guerra, producida entretanto, y la correspondiente ampliación del concepto de paz suscitan la idea de que la guerra misma —en la forma de guerra de agresión— es un crimen, que ha de ser proscrito y castigado. Para Kant, aún no existía el crimen de guerra.

Aunque la Paz Perpetua es una característica importante del orden cosmopolita, tan sólo representa un síntoma del mismo. El problema conceptual que Kant se propone solucionar es la conceptualización jurídica de ese orden. Debe señalar la diferencia entre el derecho cosmopolita y el clásico Derecho Internacional, esto es, debe señalarlo específico de ese ius cosmopoliticum.

Mientras que el Derecho Internacional, como todo derecho en el estado de naturaleza, vale tan sólo transitoriamente, el Derecho Cosmopolita, como el Derecho sancionado estatalmente, acabaría definitivamente con el estado de naturaleza. Por eso, para llegar hasta el orden cosmopolita, Kant se sirve continuamente de la analogía con aquella primera salida del estado de naturaleza, que mediante la constitución contractualista de un determinado Estado posibilita a los ciudadanos del país una vida en libertad asegurada por medios legales.

Así como en aquel caso se había acabado con el estado de naturaleza entre los individuos enfrentados entre sí, así debe también terminar el estado de naturaleza entre los Estados belicistas.

En un ensayo publicado dos años antes de La Paz Perpetua, Kant señala que entre ambos procesos existe un estrecho paralelismo. Aquí también alude a la destrucción de la prosperidad y a la pérdida de la libertad como el gran mal, para proseguir luego:

«Ahora bien, contra esto ningún otro remedio es posible (por analogía con el Derecho Civil o con el político de los hombres tomados individualmente) salvo el de un Derecho Internacional fundado en leyes públicas con respaldo de un poder, leyes a las cuales todo Estado debería someterse, pues una paz universal duradera conseguida mediante el así llamado equilibrio de las potencias en Europa es una mera quimera» (Kant, La Paz Perpetua, 2001.

El discurso no es todavía aquí sobre un «Estado universal de los pueblos bajo cuyo poder todos los Estados deben consentir voluntariamente». No obstante, apenas dos años después Kant diferencia cuidadosamente entre «asociación de naciones» y «Estado de naciones».

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